domingo, 31 de octubre de 2010

Entender...


Educar para entender*


Bernardo Sepúlveda Amor¨


Cancún, 3 de octubre de 2003.




La penúltima ocasión en que la Tierra y Marte experimentaron un encuentro cercano sucedió hace cincuenta y nueve mil seiscientos diez y nueve años. Esas aproximaciones planetarias no son parte, obviamente, de nuestra rutina astronómica.


En efecto, tuvieron que transcurrir casi sesenta mil años para que, el pasado mes de agosto, la Tierra y Marte renovaran una intimidad de treinta y cuatro millones de millas, distancia que separó en esa fecha a los dos planetas.


No es difícil imaginar la sorpresa del hombre de Neandertal, hace sesenta mil años, al observar el acercamiento hacia la Tierra de un inmenso objeto rojo en el firmamento, objeto que ahora bautizamos como Marte. Su bagaje intelectual no le permitía explicarse el juego de los planetas.


Compárese el asombro de ese hombre de Neandertal, enfrentado a fenómenos ininteligibles, con las proezas del homo sapiens, ente más evolucionado gracias a una experiencia acumulada de sesenta mil años.


Proporciono un ejemplo de esas proezas. Durante los últimos ocho años, la nave espacial bautizada con el merecido nombre de Galileo, se dedicó a explorar el sistema de Júpiter y sus cuatro lunas: Ganimedes, Europa, Io y Calisto. En ese lapso, Galileo ha sido un instrumento invaluable para la astronomía, transmitiendo a la Tierra miles de fotografías que enriquecen nuestro conocimiento de los cuerpos celestes.


Tomo a título ilustrativo, un dato que destaca la utilidad de ese conocimiento. Existe la sospecha de que, en una de las lunas de Júpiter, se encuentra un inmenso océano cubierto por una capa de hielo. Ante la eventualidad de que ello signifique una fuente potencial de vida, Galileo fue condenado a su auto-destrucción para evitar que, al estrellarse en la superficie de esa luna, pudiese contaminar con sus microorganismos a dicho cuerpo celeste.


Con esos antecedentes, surge la pregunta obligada: ¿educar para qué? ¿entender por quién?


Educar para entender el trayecto de la historia de la humanidad y para apreciar las hazañas de la inteligencia. Educar para permitir la transmisión y aprendizaje, de generación en generación, de los medios y de los fines de la cultura. Cultura como elemento esencial para la formación del hombre, su mejoramiento y perfeccionamiento. Cultura como “el conjunto de los modos de vivir y de pensar cultivados, pulimentados, a los que se suele dar también el nombre de civilización”, en los términos de Nicola Abbagnano.




Educar para entender. Entender como la facultad de pensar, como ejercicio de la inteligencia, como forma para dar límites, orden y medida a las cosas, conforme a la filosofía platónica. O, para utilizar el lenguaje de Aristóteles, “aquello por lo cual el alma razona y comprende”.


¿Entender por quién? Observa Erick Kahler que la historia humana es la relación entre el hombre y el mundo que lo rodea. Su capacidad de discernimiento le permite diferenciar la existencia de esas dos esferas: la que pertenece al individuo y la que pertenece al universo.


Ese gran pensador contemporáneo, Isaiah Berlín, señaló en 1988 qué es lo que debemos entender: “debemos entender que los grandes movimientos se inician con ideas. Ideas sobre lo que han sido las relaciones entre los seres humanos, lo que son, lo que podrían ser y lo que serán. Debemos entender también cómo esas ideas se transformaron para hacerse realidad. Esas ideas son la substancia de la ética. El pensamiento político descansa en el examen sistemático de las relaciones de los seres humanos entre sí; las nociones, los intereses y los ideales donde nacen las formas del trato humano; y los sistemas de valores que dan origen a los objetivos vitales. Cuando todos estos principios se aplican a grupos, a naciones, o a la humanidad en su conjunto, se estará utilizando la filosofía política, que no es otra cosa sino la ética aplicada a la sociedad”.


Al estudiar las grandes culturas de la humanidad, Ralph Turner nos deja una enseñanza: “la historia bien entendida es la memoria social, merced a la cual se hace inteligible la vida presente”. Y para hacer inteligible la vida presente, utilizando los conceptos de Turner, nos remontamos a los orígenes del entendimiento, a la etapa cuando aumenta la aptitud del hombre para hacer abstracciones en función de un cierto número de imágenes, concibiendo así nociones como el tiempo, espacio, forma, velocidad, peso, tamaño, contextura e intensidad, categorías que le sirven al hombre para ordenar la imagen del mundo.


Una fuente del entendimiento nace del lenguaje, fenómeno social por excelencia. El lenguaje es quizá una primera manifestación de la capacidad del hombre para abstraer imágenes, creando un sistema de símbolos, que le facilita la comunicación con sus semejantes. El lenguaje como vehículo para entender y educar, como correa de transmisión de los medios y de los fines de la cultura.


Como lo señala Edward Sapir, el lenguaje es la obra más significativa y trascendente que el espíritu humano ha desarrollado: simplemente dicho, una forma de expresión altamente elaborada para transmitir toda experiencia que puede ser comunicada.

Por ahora, no podemos precisar la época en que el hombre dotado de habla se convirtió en hombre dotado de instrumentos; una hipótesis es que el lenguaje y la tecnología se desarrollaron simultáneamente.


La capacidad para fabricar imágenes abstractas con su inteligencia también la empleó el ser humano para convertir las ideas en herramientas con qué actuar sobre el medio ambiente, y transformarlo.


Después alcanzaría la humanidad un alto grado de aprovechamiento derivado de esa capacidad de abstracción: la idea de medir el tiempo, inventando el reloj. La idea de dividir el tiempo en horas de sesenta minutos y en minutos de sesenta segundos.


La innovación tecnológica, que es educación y entendimiento, comprende artefactos como el hacha de mano, reliquia paleolítica de actividades humanas orientadas a un fin específico: facilitar la tarea de los cazadores primitivos. Se produce así otro acto de inteligencia: el uso de un instrumento para fabricar otro.


Pero el descubrimiento más notable fue el del fuego. No sólo representó una forma de dominio humano sobre la naturaleza, aminorando los rigores del frío o ahuyentando fieras salvajes. Fortaleció también la vida en sociedad, convirtiéndose en un punto de reunión para familia y vecindario. Esa vida en común también impulsó el uso del lenguaje como medio de comunicación.


Educar para entender. Entender, por ejemplo, en las primeras etapas del ingenio humano, cuáles son las virtudes de la madera. Entender que la madera es combustible y que con ella se genera el fuego. Entender que el tronco de un árbol puede ser rodado por el suelo y que este movimiento rotatorio origina el invento de la rueda y del eje. Entender que la madera flota y que se puede transportar a grandes distancias por agua, anticipándose al descubrimiento del barco.


Entender que la fuerza del viento y del agua generan energía, y que la energía es poder en movimiento, y que la liberación de la energía es una victoria del espíritu humano.


Entender también la gestación, como medio de comunicación y como necesidad cultural, de los jeroglíficos, la pintura, el dibujo, el alfabeto escrito, la escritura misma, que en un período posterior, con la invención de la imprenta, sería un poderoso agente para producir uniformidad en el lenguaje, consolidando la identidad de las distintas culturas.


Al período que, con el cultivo de las plantas, inventó la agricultura, imaginó la domesticación de los animales, y el perfeccionamiento de las artes manuales, con la fabricación de instrumentos de piedra, objetos de madera y cuero, alfarería, se le ha bautizado como “la primera gran edad del progreso”. Turner llega al extremo de afirmar que ha sido el único período importante de cambio cultural y social entre la edad paleolítica y los tiempos modernos. Agrega Turner un juicio que amerita una seria reflexión: “sobre el cumplimiento ininterrumpido de las rutinas de vida organizadas en los tiempos neolíticos, se asentaron el orden, la estabilidad y la riqueza de todas las culturas posteriores. En tales rutinas se aceptó esa carga del trabajo agrícola, pastoral y los oficios manuales sencillos, como patrimonio de la generalidad de los hombres hasta épocas muy recientes.”


Pero entender y dominar las artes de la paz no acarreó una paz perpetua. Con el tiempo, los Hijos del Sol, los adoradores del Dios Sol, transladaron su idolatría al Dios de la Guerra. Originalmente, el perfeccionamiento de las armas del cazador – puntas de flecha, lanzas, hondas, cuchillos – facilitaba el suministro de alimentos para el cazador primitivo.


Pronto, los instrumentos de caza se convierten en instrumentos de guerra. Nos dice Lewis Mumford que el robo es quizá el medio más antiguo de evitar el trabajo, y la guerra rivaliza con la magia en sus esfuerzos por conseguir algo por nada, lograr poder sin poseer inteligencia. El cazador, incapaz de resistir esas tentaciones, se convierte en conquistador sistemático: busca esclavos y botín y constituye un aparato político y militar con el fin de asegurar el tributo, imponiendo, en cambio, una cierta porción de orden.


La violencia entre los individuos es el resultado de la rivalidad, la cual es provocada por la confrontación que surge al desear simultáneamente un objeto. La guerra de Troya, con Elena como materia de litigio, es un ejemplo. Cuando existe el apetito irrefrenable e idéntico por un mismo bien, el resultado será la violencia. Eso es lo que nos dice Jacques Attali.


El hombre de la agricultura, del bosque y de la caza, es sustituido en el transcurso del tiempo por el arquero y por el lancero, por el centurión y por el mosquetero. El hombre de ciencia también contribuye con su ingenio a las tareas bélicas. Arquímedes, según cuenta la historia, concentró los rayos del sol mediante espejos sobre las velas de la flota enemiga en Siracusa y quemó sus naves.


De la flecha a la ballesta, de la catapulta al cañón. El empleo de la pólvora para fines militares acarrea el perfeccionamiento de una mecánica belicista; el uso del cañón en el siglo catorce aumentó la voluntad de poder. La artillería se convierte así en la más mortal y decisiva de todas las armas.


Leonardo da Vinci, creador de imaginativos artefactos militares, como el paracaídas, subordinó su genio inventivo y se ajustó a sus ideales humanitarios cuando decidió que, por ser un instrumento satánico, inadecuado para ponerlo en manos de militares desalmados, debía suprimir el descubrimiento del submarino.


Pero los escrúpulos de Leonardo da Vinci no han sido compartidos por quienes históricamente han auspiciado la lógica de la guerra. De la lanza a la ojiva nuclear. Del arco y la flecha a los proyectiles teledirigidos de alta precisión con un notable desarrollo tecnológico, que combina un alcance de varios miles de kilómetros, con una asombrosa puntería para dar en el blanco, y con un mortífero poder de destrucción.


La potencia de aniquilación del arsenal nuclear existente es colosal. Pende sobre nuestras cabezas a la manera de un cataclismo de Damocles, como lo anunciara Gabriel García Márquez en 1986. Y el propio García Márquez nos suministra una visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder: la explosión, dirigida o accidental, de ese arsenal nuclear. Esta es su narración:


“Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habría muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazona desaparecerá de la faz de la tierra destruida por el granizo, y la era del rock y de los corazones transplantados estará de regreso a su infancia glacial. Los primeros seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y los que hubieran tenido el privilegio de un refugio seguro a las tres de la tarde del lunes aciago de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La creación habrá terminado. En el caos final de la humanidad y las noches eternas, el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas”.


Cuando García Márquez escribió El Cataclismo de Damocles, en 1986, aún faltaban unos años para que sucediera el colapso de la Unión Soviética y para la desaparición de un sistema bipolar fundado en la disuasión nuclear y en la tesis de la destrucción mutua asegurada. Al amainar las tensiones entre los dos antiguos polos de poder, comenzó un proceso de reducción gradual y progresivo del arsenal atómico y balístico de Rusia y de Estados Unidos, eliminando dos terceras partes de sus ojivas nucleares, para conservar tan sólo un máximo de 2.200 de esas armas.


Pero ello no significa que hayan desaparecido los peligros anticipados por García Márquez. El armamento de destrucción masiva depositado en las santabárbaras de las grandes potencias tendría la capacidad, ahora, de eliminar todo vestigio de vida en este planeta.


Pero aún: las cinco potencias nucleares que durante una etapa conformaron el Club Atómico no han sido capaces de impedir una indeseable proliferación. India y Paquistán, de manera abierta, poseen armamento nuclear. Israel es casi seguramente la octava potencia nuclear. Corea del Norte, titular de una capacidad tecnológica para producir misiles de mediano alcance, ha anunciado su proyecto de ser la novena potencia atómica. Irán, con un programa de desarrollo nuclear importante, que comprende la fabricación de uranio altamente enriquecido, podría completar la decena atómica en poco tiempo.


A ello se agrega la posible diseminación de armamento nuclear a entidades no estatales, esto es, a organizaciones terroristas de carácter transnacional. Esta pesadilla no es inmediata, pero tampoco es absurda, como no lo es que se cometa un acto terrorista con armas químicas o biológicas.


Si existían dudas sobre la fecha exacta en que inició el siglo XXI, la cuestión se despeja al registrar lo sucedido el 11 de septiembre de 2001, que constituye el hecho histórico que claramente marca el comienzo de este milenio.


El 11 de septiembre significa la transnacionalización del terrorismo. Significa la alta vulnerabilidad de todos los Estados a un ataque terrorista. Significa que basta el empleo de unos instrumentos rudimentarios, acompañados de una imaginación perversa, para hacer efectivo un ataque demoledor en contra de una hiperpotencia que concentra, ella sola, el 36% del total del gasta militar mundial, cantidad superior a lo que gastan, juntas, las otras nueve naciones que le siguen en orden de importancia.


Significa que, al convertirse el terrorismo en un fenómeno globalizado, que no respeta fronteras, localizar y destruir al enemigo es una tarea compleja. Significa que no habrá una guerra convencional en el combate al terrorismo porque no hay un enemigo convencional. El campo de batalla será el globo terráqueo.


El once de septiembre también representa una nueva etapa bélica, en donde una hiperpotencia emprende dos guerras, en Afganistán y en Iraq, en el breve lapso de veinte meses. Gana fácilmente las dos guerras, pero se queda atrapado en el terreno pantanoso que ha aniquilado a todo ejército de ocupación. Como lo señala Michael Ignatieff, “las responsabilidades imperiales son de largo plazo, y las democracias se impacientan con obligaciones de duración prolongada”.

El daño que acarreó el once de septiembre no se limitó a la destrucción emblemática de las Torres Gemelas y del Pentágono. La Guerra en Irak acarreó una división profunda en el seno de la Unión Europea. Acarreó rupturas en la Alianza Trasatlántica. Acarreó graves conflictos y controversias al marginar el cumplimiento de las reglas de las Naciones Unidas. Vulneró, en fin, la legitimidad de un orden jurídico internacional, ignorando la vigencia de una de sus instituciones: la prohibición del uso unilateral de la fuerza armada.

Las guerras en Afganistán y en Irak aún no terminan. Serán muy elevados los costos políticos y económicos que se tendrán que pagar cuando se presente la factura final. No es difícil imaginar que, en el paisaje después de la batalla, aparecerá el dibujo de un sistema afectado por liderazgos políticos devaluados; enormes déficit fiscales, producto de gastos militares exorbitantes; una combinación de irritación y frustraciones por la incompetencia en la ejecución del operativo post – bélico; y un sistema internacional quebrantado, repleto de temores e incertidumbres ante un futuro vacío de optimismos.

La globalización del terrorismo es sólo uno de los fenómenos que preocupan a la comunidad internacional, a las sociedades nacionales y al individuo. Hay otras guerras, también de carácter global que no se están ganando. Florece a escala internacional el comercio ilegal de drogas, de armamentos, de la propiedad intelectual, del dinero, y de los seres humanos. Pero el combate a estas nuevas pesadillas se lleva a cabo por Estados y organizaciones gubernamentales con herramientas obsoletas, con leyes ineficaces, con aparatos burocráticos inútiles y, en más de un caso, corruptos, y sin la ejecución de una estrategia integral.

En los términos del Informe sobre el Desarrollo Mundial, elaborado por Naciones Unidas, el narcotráfico es un negocio de cuatrocientos mil millones de dólares anuales, esto es, el equivalente de la economía española y cerca del 8% del comercio mundial. Un negocio tan redituable supone alimentar el hábito de un número creciente de usuarios, creando para ello un sistema de distribución global, incluyendo transportación de toneladas de cocaína en aviones de pasajeros, o en submarinos acondicionados para tal propósito, o construyendo túneles subterráneos para trasladar clandestinamente, de un país a otro, dinero y estupefacientes.

Con frecuencia, el mercado de armas se asocia con el mercado de drogas en un mundo de ilegalidad. Naciones Unidas estima que sólo un 3% de los 550 millones de armas ligeras que se encuentran disponibles están en poder de fuerzas gubernamentales. El mercado ilícito de armas representa cerca del 20% del total del comercio de armas ligeras y genera más de mil millones de dólares al año.

Aunque el mercado ilícito de armas de destrucción masiva aún se encuentra en estado incipiente, ya se ha registrado un tráfico subrepticio de material nuclear y de tecnología química y biológica. En esta Era del Terror, en donde se han radicalizado los temperamentos belicistas, es potencialmente mortífero ese tráfico bajo cuerda.

La piratería de productos patentados es un negocio ilícito que le costó a Estados Unidos, en 2001, nueve mil cuatrocientos millones de dólares. La falsificación comprende todo lo falsificable: productos medicinales, software, música, películas, artículos manufacturados. Hay en todo ello una lógica perversa: la globalización de marcas prestigiadas impulsa e induce la globalización de su piratería.

El negocio del crimen organizado que tiene el mayor desarrollo reciente es el tráfico de personas. Es una industria de 7 mil millones de dólares al año que tiene dos vertientes. La primera es voluntaria. Un millón de gentes pagan cantidades importantes a las organizaciones criminales para ser contrabandeados a Estados Unidos o a la Unión Europea. La otra vertiente supone el tráfico ilegal de mujeres y niños contra su voluntad.



El lavado de dinero, un negocio globalizado que representa cantidades estratosféricas superiores a los ochocientos mil millones de dólares, tiene la característica de utilizar como intermediarios a instituciones respetables como bancos o empresas inmobiliarias, que por buenas o malas razones, se convierten en cómplices de quienes desean ocultar sus fortunas, sea para evadir impuestos, o para disfrazar ganancias de origen turbio: el narcotráfico, los casinos, o alguna otra actividad ilícita.

Los seis jinetes del Apocalipsis contemporáneo – terrorismo, narcotráfico, comercio ilegal de armas, de propiedad intelectual, de dinero y de seres humanos – son producto de un mundo globalizado y aprovechan las ventajas de un mundo globalizado. Moisés Naím, quien ha identificado la naturaleza y magnitud del problema, nos advierte que la guerra contra esos seis jinetes puede estar perdida si no se modifican los instrumentos para combatirlos. Organizaciones apátridas, sin vínculos territoriales ni limitaciones geográficas, con una espléndida rentabilidad, y con la seguridad de que el libre juego de las fuerzas del mercado habrán de favorecerles serán poderosos enemigos de las instituciones gubernamentales en los años por venir.


En su trayectoria, el siglo XXI padecerá la agudización de ciertas tendencias que ya conocemos hoy, pero que en el futuro pueden rasgar el tejido social existente, de no aplicarse un correctivo.


Así, por su naturaleza global, la sociedad contemporánea confronta, en los términos de Paul Kennedy, “la tarea de conciliar el cambio tecnológico y la integración económica, por un lado y, por el otro, estructuras políticas tradicionales, la idea de nación, imperativos sociales, acuerdos institucionales, y la costumbre de hacer las cosas de una cierta manera”

Quienes tienen la capacidad para anticipar el futuro - Jacques Attali, Eric Hobsbawm, Paul Kennedy, David Landes -, coinciden en registrar como principal preocupación de individuos, sociedades y Estados, el aumento de la población mundial y el creciente desequilibrio demográfico entre el mundo industrializado y el mundo en desarrollo.


Cerca de diez mil millones de seres humanos habitarán la Tierra para mediados de este siglo. La mayoría se concentrará en las áreas más pobres del planeta. Más de dos terceras partes de los niños nacidos hoy vivirán en veinte países paupérrimos. En las sociedades industriales la población crecerá poco, o no crecerá pero, en cambio, aumentará la proporción de ancianos. La frase de Kennedy captura la magnitud del problema: ‘una explosión demográfica en una parte del planeta, y una explosión tecnológica en la otra, no constituye la mejor receta para la estabilidad de un orden mundial’.

El contraste entre regiones privilegiadas, y miserias en su periferia, impulsará los flujos migratorios en una cantidad exponencial. Esos nuevos nómadas arrastrarán su pobreza buscando oasis. Pero, como sucedió con las ciudades amuralladas de la Edad Media, los guardianes del privilegio edificarán barricadas de toda índole para proteger su riqueza y su estabilidad interna.


Existe otra opción, la del limbo para el migrante. Así, las sociedades opulentas con mayoría de ancianos y minoría de niños, ante su necesidad de mano de obra barata, y la conveniencia de que se atiendan los servicios, podrán permitir la migración temporal y condicionada, sin conceder al extranjero los derechos del ciudadano, depositándolo en un vacío político y social, pero beneficiándolo con una renta que le hace olvidar su origen periférico.


La explosión demográfica camina acompañada por profundas alteraciones en el medio ambiente. Ello comprende la elevación en los niveles de dióxido de carbono y la perforación de la capa de ozono, la evaporación de los acuíferos, la desertificación de las selvas tropicales, los pastizales convertidos en zonas áridas. Estos fenómenos no están anticipados como parte de una filosofía apocalíptica de la vida. Por el contrario, pertenecen a una dramática realidad cuyos efectos pueden ser mortíferos.


Por ejemplo, una predicción hecha mediante una simulación computarizada anuncia que la Tierra tendrá un calentamiento de más de dos grados centígrados antes de 2050 y que en los próximos cien años los océanos elevarán su nivel entre medio metro y dos metros. No es difícil imaginar la catástrofe que se producirá con la crecida de los mares: siete de las diez mayores ciudades del mundo son puertos; una de cada tres personas en el planeta vive en las costas, de acuerdo con lo que nos informa Attali.


La tecnología puede producir cambios fundamentales, y quizá irreversibles a la Tierra o, al menos, a la Tierra entendida como espacio para que existan organismos vivos. Peor aún este fenómeno que los riesgos de una conflagración nuclear en la etapa de la Guerra Fría, ya que evitarla quedaba sujeto a la voluntad humana. Ahora la perforación de la capa de ozono, consecuencia de los avances científicos aplicados a la industria, podría acarrear un desastre de proporciones mayúsculas, como lo destaca Eric Hobsbawm.



Entre los futurologos optimistas y los pesimistas podemos encontrar un común denominador: el abismo entre ricos y pobres se hará más profundo en los albores del siglo XXI, acarreando turbulencia social y provocando tensiones entre el Norte industrializado y el Sur empobrecido, con migraciones masivas y daño ecológico. Falta agregar lo que aporte la pobreza, como caldo de cultivo, a la gestación del terrorismo.

Tan sólo un puñado de naciones poseen ahora el instrumental para enfrentar con éxito los desafíos del siglo XXI. Los elementos que son útiles para estos propósitos son, de acuerdo con los expertos, las altas tasas de ahorro, un formidable volumen de inversión en nuevas plantas y equipo, un sistema de educación de excelencia con énfasis especial en educación primaria y secundaria, una fuerza laboral capacitada y con programas de entrenamiento, una cultura manufacturera con muchos más ingenieros que abogados, una industria con una elevada dosis de valor agregado para el mercado global, y un saldo consistentemente favorable en la balanza comercial, conforme a la síntesis de Kennedy.

Obviamente, las sociedades que poseen recursos técnicos y educativos, cohesión cultural y riqueza financiera, están en mejor posición de salir avante que aquellos que carezcan de estas virtudes.

Observadores de la realidad contemporánea han advertido que la sociedad global se encuentra en una carrera entre la educación y la catástrofe.

En el mundo en desarrollo, de los 680 millones de niños en edad de educación primaria, 115 no acuden a la escuela. De esa cifra, tres quintas partes son niñas.

La inscripción en la escuela no significa terminar el ciclo escolar. Sólo la mitad de los niños que inicia la primaria la termina. No debe sorprender, entonces, que una cuarta parte de los adultos en países subdesarrollados no sepan leer ni escribir. Hay, en el mundo, 879 millones de adultos iletrados. De esa cifra, dos tercios son mujeres.


Conviene poner de relieve las preocupaciones que nos manifiesta Carlos Fuentes: “estas enormes carencias ocurren, no obstante, en un cruce de siglos y de milenios en el que se nos asegura que la educación es la base del conocimiento, el conocimiento base de la información, y la información base del desarrollo técnico e industrial y, ahora, una nueva ola deja atrás las piezas de la revolución industrial y nos dirige, con entusiasmo de argonautas, pero también con zozobra de náufragos, a la alta mar del mundo tecnológico”.


Asunto importante es el de la educación continua para el trabajador. Aún en el caso de países más avanzados, puesto que la innovación tecnológica genera nuevos empleos, pero elimina otros, aquel país que no posea un sistema de capacitación de entrenamiento para la reincorporación de esa fuerza laboral, pronto enfrentará una disminución en sus índices de productividad y un aumento en sus frustraciones sociales.

Los problemas del subdesarrollo en la educación se vinculan íntimamente con la condición desfavorable de la mujer. Existe una clara evidencia estadística que establece que menores tasas de alfabetización en mujeres adultas acarrean mayores índices de fertilidad.


Mayor educación para la mujer puede significar que se case más tarde, una mejor planeación familiar, menos hijos y más espaciados, un incremento en la atención médica y en la nutrición. Con ello se logra reducir la tasa de fertilidad, se disfrutan índices menores de mortalidad maternal e infantil, se facilita una transición demográfica y surgen más oportunidades para la educación infantil.


Pero invertir en educación no implica tan sólo destinar mayores recursos para edificar más escuelas. Tampoco basta obligar a los maestros a cumplir con el número de horas de enseñanza que se requieren en un año lectivo, o establecer el vínculo entre escuela e industria, entre educación y empleo.

Se requiere, además, “entender las razones por las cuales el mundo está cambiando, de cómo otros pueblos y otras culturas perciben esos cambios, de todo aquello que tenemos en común, así como de todo aquello que divide culturas, clases sociales y naciones”, según la recomendación de Kennedy. Y agrega: “puesto que todos integramos una ciudadanía universal, tenemos la obligación de acumular un acervo de principios éticos, que otorguen un sentido de equidad y proporción a las directrices que debemos asumir para prepararnos, individual y colectivamente, a vencer los complejos desafíos que ya nos entrega el siglo XXI”.



En las sociedades industrializadas, se dio el tránsito de la economía de la cantidad a la economía de la calidad. En el mundo en desarrollo, la educación debe combinar los criterios cuantitativos con los criterios cualitativos, alfabetizado a una vasta población con vehículos transmisores del conocimiento que descansen en la excelencia. Es esa una responsabilidad de los maestros. Es también una asignatura pendiente, en muchas sociedades no industrializadas, en donde se reclama incorporar la tecnología de la informática al proceso educativo. La obligación es otorgar una educación de calidad a quien ejerce el legítimo derecho de ser educado.



En la era de la globalización, las migraciones transfronterizas tienen una íntima vinculación con un mundo de culturas múltiples e interrelacionadas. Como lo señala Carlos Fuentes, “habitamos dos aldeas, la aldea global de la comunicación instantánea, la integración economía mundial y el acelerado desarrollo técnico, y la aldea local de fe en los valores tradicionales, el autogobierno, el hogar y la memoria”.



Lo importante es cobrar cabal conciencia de que las dos aldeas pertenecen a un único mundo, que es por cierto el único que tenemos. Imposible separar las dos aldeas en una de riqueza y otra de pobreza. Ya lo advirtió Clemente Atlee: “no podemos crear un paraíso dentro de nuestras propias fronteras, pretender dejar al infierno fuera, y suponer que vamos a sobrevivir”.



Es Isaiah Berlín quien nos ha proporcionado un concepto claro de lo que significa la educación para el entendimiento intercultural: “quienes pertenecen a una cultura pueden, con la fuerza de su perspicacia imaginativa, entender los valores, los ideales, las formas de vida de otra cultura o sociedad, aún aquella que esté distante en el tiempo o en el espacio. Podrán encontrar esos valores inaceptables, pero si abren sus mentes generosamente advertirán cómo alguien puede existir plenamente como ser humano, y cómo es posible comunicarse intensamente con ese alguien. Y, al mismo tiempo, es posible vivir con valores radicalmente distintos a los propios, pero que de cualquier manera son valores, objetivos vitales que, al hacerse realidad, satisfacen un propósito humano. Existen múltiples fines que el ser humano busca y que, a pesar de su variedad, esos seres humanos pueden entenderse e ilustrarse recíprocamente. Por supuesto, si no tuviésemos una comunidad de valores con esas figuras distantes, cada civilización estaría encapsulada en su propia burbuja impenetrable”.



Gobernar es educar, nos dice Carlos Fuentes. Pero gobernar es también tomar riesgos y resolverlos. Gobernar es también educar para obtener un objetivo de beneficio colectivo: legitimar, entre la población gobernada, la sustancia de los cambios que son imperativos para conformar sociedades basadas en la justicia, la libertad y la prosperidad. Esos cambios requieren un proyecto de largo plazo, en una época en que los liderazgos políticos, en países pobres y ricos por igual, a duras penas pueden resolver los problemas inmediatos.



Por supuesto, no se encontrará una receta única que resuelva todos los problemas que aquejan al mundo, ni una fórmula secreta que sirva como bálsamo para aliviar el subdesarrollo. En cambio, sí es posible identificar un conjunto de elementos que, bien utilizados, actuarán para catalizar un desenvolvimiento nacional.



Un capítulo esencial en esos proyectos de largo plazo es asegurar que los liderazgos políticos impulsan sociedades competitivas en todos los órdenes. Una sociedad que no incorpora nuevas tecnologías, que no mantiene constante el crecimiento de su economía, que reduce el ingreso per capita, que no se adapta a los cambios demográficos con sus consecuentes reclamos sociales, difícilmente tendrá los niveles de vida a los que toda sociedad aspira. Los beneficios que acarrea la disciplina de la prosperidad no se distribuyen ni gratuita ni indiscriminadamente; siempre son el resultado de la cultura del esfuerzo.





Modificar radicalmente el actual estado de cosas será una tarea hercúlea. Las tendencias existentes no facilitan los cambios súbitos. Además, el temperamento conservador de las sociedades repudia las reformas que le cuestan dinero, que le imponen un sacrificio, o que son muy tardadas. Agréguese a ello la resistencia de los líderes políticos a pagar un precio electoral ahora, a cambio de un beneficio colectivo que sólo se apreciará en el largo plazo.



Los liderazgos políticos tienen una responsabilidad adicional: prevenir los riesgos de la violencia y de la guerra, adoptando medidas que disminuyan la inestabilidad política.



Han transcurrido dos años desde los infaustos acontecimientos del once de septiembre. Imposible ignorar el peligro extremo que corremos todos en esta era de radicalismos y de incertidumbres. La globalización del terrorismo fundamentalista, la diseminación de armamento de destrucción masiva, la organización de la violencia ilegitima por el Estado mismo, el empleo ilegal de la fuerza militar para sancionar a quienes también usaron de la fuerza ilegalmente, las soluciones bélicas a los problemas políticos, la implosión de las instituciones internacionales por quienes persiguen un proyecto hegemónico son, entre otros, los asuntos que reclaman la presencia de estadistas con dimensiones de gigantes, con el talento del genio, con la educación política para implantar el entendimiento entre sociedades y naciones.

Para concluir, invoco de nueva cuenta a Gabriel García Marquez. Nos dice que, para tratar de impedir que ocurran las catástrofes anunciadas, estamos aquí sumando nuestras voces a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con justicia. Pero aún si ocurren, nos dice el Premio Nobel, no será del todo inútil que estemos aquí:



“Dentro de millones de millones de milenios después de la explosión, una salamandra triunfal que habrá vuelto a recorrer la escala completa de las especies, será quizás coronada como la mujer más hermosa de la nueva creación. De nosotros depende, hombres y mujeres de ciencia, hombres y mujeres de las artes y las letras, hombres y mujeres de la inteligencia y la paz, de todos nosotros depende que los invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy. Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad”.



Muchas gracias.



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* Discurso inaugural de la Conferencia Mundial para Directores del Bachillerato Internacional.



¨ Secretario de Relaciones Exteriores de 1982 a 1988. Fue Embajador de México en Estados Unidos de América. Ha sido Embajador de México en el Reino Unido. Es Juez ad – hoc de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Es miembro de la Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas. Es profesor de El Colegio de México. Es Premio Príncipe de Asturias.



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