jueves, 30 de agosto de 2012

El discípulo inquieto

El inquieto joven razonando sobre un trabajo, dejado en clase por un profesor que impactaba por sus ideas disonantes,  caminó la ciudad, observó a las personas que viven en los andenes, observó los conductores borrachos, los policías atracadores, las niñas criando niños en medio del vicio y la pobreza. El joven asombrado por la capacidad  de robo de los políticos se subió a la montaña más cercana para mirar la urbe y desde allí se preguntó: ¿Para qué educar?
- Para otorgar sentido, quizá
- Para soñar un mundo distinto, quizá
- Para crear conciencia contra la guerra, la violencia, la injusticia, la corrupción, quizá
- Para hacer respetar el cuerpo, la dignidad, los derechos humanos, quizá
- Para formar en las maravillas del arte, en el poder de la ciencia, en la urgencia de la técnica, quizá
Pero recordó a los profesores de su antigua y desvencijada escuela, casi sin estudios, preocupados por su salario de hambre, consumidores de objetos y mercancías como todos los demás, recordó los profesores tiranos, los profesores mediocres, los profesores mentirosos que no enseñaban ni propiciaban conocimiento sino miedo y desilusión, se dio cuenta que la escuela es muy compleja y  difícil de cambiar, que a nadie en el poder le interesa que se trasnforme pues podría ser peligrosamente subversivo.
Pensó un buen rato y al fin se lanzó al vacío desde el pico más alto, al ir  cayendo comprobó  la necesidad de volar, de escudriñar el viento y visitar las nubes, la tarea de aquel profesor disidente había consistido en probar el viejo paracaídas heredado por sus amigos parapentistas, el único que se atrevió fue el inquieto muchacho dispuesto a  hacer algo distinto y así lo hizo, se fue a volar.
Su nota fue sobresaliente.

Makamoro

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